DEL ZAR AL EMPERADOR
MOSCU – SAN PETERSBURGO
Bajo la Dirección de I. BOTT, T. IGOEMNOVA, N. GORMINA y B. De MONTCLOS

208 páginas
28 x 23 cm
180 ilustraciones en color
Paperback

P.V.P.: 35 € (45 USD)
Francés (ISBN 90 6153 604 9)

ESTE LIBRO ACOMPAÑA A LA EXPOSICIÓN DE EUROPALIA. RUSSIA DEL MISMO TÍTULO EN EL PALACIO DE BELLAS ARTES DE BRUSELAS (11 octubre 2005 a 22 enero 2006)

En 1547, Iván el terrible se proclama primer zar de Rusia: comienza uno de los períodos más ilustres de la historia de Rusia. El reino comienza entonces su evolución hacia un estado potente, iniciando su apertura a Europa con Pedro el Grande y alcanzando un esplendor excepcional bajo Catalina II. Unicamente las obras de arte permiten medir la evolución radical de un país que pasa de la esclavitud a los intercambios internacionales. Una prestigiosa evocación de Monseñor el Gran Novgorod, la ciudad más antigua de Rusia, recordará cómo se formó la antigua Moscovia hasta el advenimiento de Iván IV, llamado el Terrible. La representación de aquel tiempo no existe más que a través de la expresión religiosa que domina la vida del pueblo, como muestran admirables iconos y objetos de culto. Los objetos profanos realizados en metales preciosos, que se sabe gracias a inscripciones grabadas que estuvieron ligados a la familia reinante, y las demás obras expresando la potencia del soberano, cuentan el advenimiento de la unidad y de la potencia rusa.
Tras la constatada –y rechazada- elección al trono de Boris Godounov, así como los Tiempos de Turbaciones en el curso del cual se sucedieron soberanos y falsos soberanos, volvió la calma al país con la elección de Michel Romanov a título de zar de todas las Rusias en 1613. El siglo de oro de Moscú contempló la expansión en la serenidad de un arte refinado, como el del nielado o el de los esmaltes de las escuelas Stroganov y permite descubrir que, para algunos, existía ya la apertura hacia Occidente.
Pedro I, llamado el Grande, funda la ciudad de San Petersburgo en 1703. A la vez puerto de guerra y puerto comercial, hará de ella su capital. Siendo autodidacta, científico, arqueólogo, constructor, admirador de la vida holandesa, tendrá por preocupación la apertura a Europa, que sabía tan necesaria para Rusia. Para ilustrar sus numerosas y poco comunes pasiones, como la anatomía, la exposición incluirá un gabinete de curiosidades.
Sus sucesores, su hija Isabel y más tarde Catalina II, darán a San Petersburgo su aspecto definitivo de gran capital europea.